por Pipo Fisherman 29-09-25
Lo que pasó en las urnas no fue un simple tropezón: fue un plebiscito contra la motosierra, el primer aviso de que el “fenómeno Milei” empieza a perder brillo. La Libertad Avanza llegó al poder con un discurso de “redención nacional” y en apenas un año y medio ya logró lo que parecía imposible: desgastar a una sociedad acostumbrada al desgaste. El votante promedio no compró más promesas de épica libertaria ni relatos de batalla cultural: miró el bolsillo, la heladera y las facturas impagables. Se acumulan tropiezos: caída en la imagen, desconexión con la calle y una agenda económica que asfixia a sus propios votantes. Los mercados tampoco compran: riesgo país en alza y bonos desplomados son señales claras de desconfianza.El resultado: la primera gran derrota electoral del oficialismo, un baño de realidad que ni los gritos del atril pudieron disimular.
El gobierno creyó que con dólares frescos iba a calmar a los mercados. Error. Los bonos siguen cayendo, las acciones se desploman en Wall Street y el riesgo país trepa como si nadie hubiese tocado un freno. El tan promocionado “milagro económico” no convenció ni al más fanático de la city porteña: las promesas de ajuste eterno sonaron más a confesión de impotencia que a plan serio. El mercado —ese oráculo al que Milei supuestamente rinde culto— ya dictó sentencia: el cuento de hadas libertario no paga dividendos.
El Presidente y su tan elogiado equipo económico, decidieron volver a jugar la carta de las retenciones. Pero lo hizo de la peor manera: Una ventana express que benefició a las grandes cerealeras y dejó mirando desde la tranquera a los pequeños y medianos productores. Justo esos mismos que habían puesto el cuerpo y el voto para que Milei llegara al sillón de Rivadavia. El Gobierno, que dice ser enemigo del “Estado saqueador”, terminó usando al Estado para beneficiar a los mismos de siempre. Una estafa a su propia base electoral: el productor chico que ahora descubre que la motosierra no corta para todos por igual.
El “milagro argentino” terminó durando lo mismo que un spot de TikTok. La motosierra, presentada como símbolo de austeridad heroica, se transformó en un serrucho sin filo: salarios pulverizados, consumo desplomado y una economía que no arranca. La promesa de que el ajuste traería inversiones se esfumó. Lo que queda es un paisaje desolador: Un gobierno que se jacta de hacer historia mientras el país repite, casi calcado, el libreto de los noventa… con la diferencia de que esta vez la fe en el futuro se agotó mucho más rápido.
Trump apareció como salvador con un préstamo envenenado, más parecido a un abrazo de oso que a un rescate. Y ni siquiera el ingreso de divisas logró calmar a los mercados, que siguen castigando a la Argentina. El rescate de Trump fue presentado como un gesto de amistad y confianza. La foto mostró otra cosa: Un Milei agradecido hasta el servilismo y un Trump sonriente, consciente de tener en sus manos a un presidente argentino desesperado. Washington volvió a ser la estación obligada de todos los gobiernos en crisis: pedir salvavidas, aunque después eso implique hipotecar soberanía. El gobierno vendió la escena como un triunfo, pero fue más bien la postal de un alumno que corre a mostrarle al maestro la tarea, aunque esté llena de tachones.
La visita de Diego Santilli a Coronel Pringles fue presentada como un espaldarazo político a los libertarios locales, pero terminó pareciendo más una puesta en escena con frases hechas que un acto de respaldo real.
Curioso fue escuchar que buena parte de las obras tan publicitadas se habrían conseguido gracias a la “gestión” del propio Santilli. Una afirmación difícil de comprobar y que huele más a marketing que a realidad. Lo concreto es que los pringlenses pueden caminar unas pocas cuadras nuevas de hormigón, pero no llegan a pisar las que aún esperan desde hace años. Y mientras la inflación les muerde el bolsillo, ahora deben tragarse la paradoja de que quienes levantan la bandera anti-Estado son los mismos que se cuelgan medallas por las obras públicas.
Acompañado por el intendente y su nuevo socio libertario, quien ocupa el tercer lugar en la lista de Diputados Nacionales, detrás del ultra-derecha Espert y de una ex-vedette de desconocidos méritos políticos, dijo que “la obra pública nunca se detuvo”, justo en una ciudad donde abundan cuadras a medio hormigonar y barrios con viviendas inconclusas. Como decíamos, el oficialismo local se aferra a un libreto nacional que hace agua, y lo hace justo cuando más debería marcar diferencias.
Como si fuera poco, apenas unos días después de los comicios provinciales, el municipio volvió a montar la tradicional fiesta Aniversario, con bandas, desfile y un recital de Los Totora, en una celebración multitudinaria y sin ahorrar en gastos. La pregunta que queda flotando es obvia: ¿qué dirán sus flamantes aliados libertarios sobre este tipo de erogaciones? ¿O acaso veremos pronto a “los cruzados del ajuste” denunciando que Los Totora cantaron “con la nuestra”?.
La escena termina siendo un espejo de la contradicción nacional: dirigentes locales que presumen de obras inconclusas mientras deben salir a militar una boleta anti-Estado; que defienden al ajuste como si fuera un precepto sagrado, aunque eso implique pisotear la misma base social que los sostiene. Quizás tengan cintura para sobrevivir a cada cambio de libreto, pero el desgaste ya se siente. Y el humor social, como el pavimento, no siempre resiste grietas tan profundas.
Así se configura el panorama local: Se repite con obediencia un discurso nacional ya deshilachado, siendo que deberán salir a defender y promover una lista donde conviven la motosierra anti-Estado, un reaccionario de manual y una ex vedette reciclada en política. No es fácil vender semejante menú en una ciudad que todavía espera que terminen de tapar los pozos. Pero quizás ahí radique la coherencia del oficialismo local: En abrazar cada contradicción con tal de sostener un relato. El problema es que la paciencia de los vecinos no siempre es tan elástica como la cintura de sus dirigentes.